sábado, 14 de febrero de 2015

Militar en el siglo XXI, una cuestión espinosa

militar

El “problema” de la militancia política.

Ser militante de izquierda en estos tiempos, incluso con el 2011 sobre los hombros, sigue siendo una cuestión aislada en la realidad de la juventud en Chile. Pese a que quedara planteada la necesidad de organizarse tanto para la formación política como para la acción, después de la lucha estudiantil no se gestaron grandes fenómenos de militancia juvenil ni en los partidos tradicionales ni en las organizaciones a la izquierda del partido comunista. Los colectivos siguen siendo aún embriones en las facultades, donde muchos terminan por fracasar tanto por falta de sistematicidad, como por ausencia de un proyecto político claro, divergencias entre sus integrantes y adaptación a los ritmos de la actualidad, que distan de la efervescencia de la lucha más grande que han visto los nacidos en la última década del siglo XX.
Y es que no es fácil hablar de militancia y partidos políticos en nuestra generación. Aunque muchxs veamos como necesario cambiar este sistema injusto, no termina de cristalizar la fórmula de la organización política. Menos una que requiere tanto tiempo y abnegación como es la militancia revolucionaria. Pero ya nos referiremos a ello más adelante.
El punto de todo esto, es que existe un rechazo al concepto partido-militancia. Y vamos a tratar de develar por qué.

Una vez más la herencia de Pinochet

Durante la dictadura, la militancia de izquierda fue brutalmente perseguida, asesinada y torturada; además, bajo la bota militar, crecía la maleza del gremialismo, que insistía fuertemente en que cada agrupación humana puede determinarse objetivamente, sin necesidad de recurrir a ideología política alguna, puesto que tienen objetivos específicos de acuerdo al carácter de aquél grupo de individuos. Esto se aplicaba a las federaciones universitarias, centros de estudiantes, sindicatos, juntas de vecinos, etc. No estaban para abarcar fines mayores, ni discutir problemas de índole nacional, sino para resolver problemas puntuales y dedicarse a lo estrictamente social.
Partiendo de esta base, sumado al terror implantado respecto a lo que te podía llegar a pasar por ser de izquierda y actuar en consecuencia, llevaron a los sectores más precarizados y capas medias a relacionar la política con algo malo, que ponía en peligro tu vida y que por lo tanto sólo traía más problemas.
Pero eso no es todo; el regreso a la democracia burguesa y el actuar de la mal llamada “clase” política, condujeron a otro concepto erróneo: “Los políticos” son nefastos. “Los partidos” sólo funcionan en base a sus intereses sin buscar el bien común. Pues bien, vaya herencia nos ha legado la dictadura. Presente en cada milímetro de nuestras vidas, somos testigos de cómo nuestros compañeros de trabajo y estudio repiten una y otra vez aquellas conclusiones. A lxs que efectivamente militamos, corrientemente se nos juzga y critica, como si la militancia fuera una especie de pacto con el diablo, implicara renunciar a todo pensamiento individual y capacidad de crítica de la propia organización y además, fuese un tipo de lavado cerebral voluntario.
El problema es que esas conclusiones sólo conducen a la inmovilidad y a la adaptación al régimen, puesto que cuando se habla en general de los partidos, tiende a homologarse el concepto con el de partidos burgueses, categoría que a cualquier militante de izquierda le parecería una aberración. Los partidos burgueses funcionan en su propia lógica, se coordinan entre ellos, hacen alianzas, se organizan: la burguesía, pese a impulsar el gremialismo, sabe que debe organizarse en partidos, porque son su herramienta para obtener el poder y porque desde sus partidos defienden los intereses de su clase, sus ambiciones particulares y por sobretodo perpetuar la explotación, mantener el orden establecido, preservando el derecho que se han adjudicado históricamente.

Si la burguesía se organiza en partidos ¿por qué nosotros no?

La tradición de izquierda en Chile está ligada históricamente al Partido Comunista. Sus concepciones de organización partidaria fueron en sus inicios, democráticas; pero en la década de 1930 la Internacional Comunista, influenciada terriblemente por Stalin y el partido Comunista Soviético, impuso la burocracia como forma única de entender el partido, cometiendo terribles atrocidades en nombre del centralismo democrático y la disciplina partidaria. Así se forma, tan lejos de Moscú, una tradición de izquierda que entiende la organización política como un espacio en donde no hay lugar para la discusión ni los cuestionamientos, mucho menos la auto-crítica.
En la juventud los referentes más importantes no son tampoco muy alentadores: desde las JJCC hasta el FEL o la UNE, han demostrado que son solo unos pocos quienes piensan la política, y luego son los militantes de base quienes deben llevarla a cabo sin cuestionar su línea.
Aquí es donde debemos cuestionarnos qué tipo de organización es la que queremos/necesitamos, y qué implicancias, derechos y deberes tiene, en ese caso, la militancia en aquella organización.
Si queremos incidir en la realidad, claramente es mucho más sensato trabajar en equipo. Una organización política siempre tiene gente más “dirigente”, pero esto no quiere decir que existan déspotas autoritarios que imponen sus ideas, sino sencillamente que de aquellxs con mayor experiencia en la lucha de clases, y acumulación teórica, lxs compañerxs más nuevos pueden tomar orientación y tener herramientas para salir a levantar sus ideas y propuestas. Para que aquello suceda de forma óptima, debe existir toda la posibilidad de discusión de las líneas de acción políticas, que las diferencias se planteen en todo momento y que prime el compañerismo y el respeto en el enfrentamiento de posiciones divergentes. No podemos pretender que exista una homogeneidad total de pensamiento en una organización política. Lo que debe existir es un acuerdo compartido del horizonte estratégico, del programa y de los balances que se realizan.
Además, la organización evidentemente quiere construirse, convencer a más compañeros y compañeras de las ideas que se tienen, porque con ello aumenta tanto su rango de influencia como incidencia en la realidad.
La cuestión organizativa también responde a las necesidades de un periodo histórico específico. Por ejemplo, en un momento de reacción violento, como un golpe de estado, se vuelve necesario restringir un poco las discusiones dentro de la organización, puesto que ella debe preocuparse tanto de intervenir como de preservarse.

Militar o no militar, he ahí el dilema.

La juventud rechaza los partidos porque no ve en ellos una herramienta para destruir el sistema capitalista. El dilema está en que el norte de los partidos burgueses es preservarlo, y el de los partidos de izquierda tradicionales como el Partido Socialista o el PC es ir cooptando espacios de la democracia burguesa para conseguir reformas y cambios por etapas, confiando en los empresarios y su estructura estatal, desechando por ejemplo la insurrección de la clase trabajadora como forma de tomar el poder.
Las y los revolucionarios comprendemos que si bien hoy no está planteada la toma del poder como tarea urgente, es nuestra tarea el desarrollar todo proceso que pueda aportar a que esto se plantee como posibilidad objetiva. Por ello nos organizamos en “partidos”, porque es nuestra herramienta para cohesionar la acción y difundir nuestras ideas. Estamos convencidos de nuestra política y la llevamos adelante de forma disciplinada y constante. Sabemos que muchas veces no depende de nosotrxs como avance o retroceda un proceso, pero nos las jugamos con todo para intervenir en este. Buscamos dar respuesta a los problemas y debates políticos planteados por la situación nacional e internacional, buscando llegar y dialogar lo que creemos de manera directa y frontal, sin arreglos florales, intentando impactar en la subjetividad de las masas obreras y populares.
No es posible que hoy la militancia se entienda como un hobby o un pasatiempo. No es solamente una experiencia de vida, sino una decisión, y una muy importante. Porque si hay una conclusión correcta de lo sucedido en dictadura es que efectivamente uno se juega la vida en esto.
La militancia es la herramienta que tenemos como juventud para plantearnos con seriedad una formula organizativa que nos permita modificar el orden existente, y construir uno nuevo, a nuestra medida.

jueves, 23 de octubre de 2014

y a usted ¿qué le da vergüenza?

Los problemas de vivir en una sociedad cartucha y la respuesta de las y los revolucionarios.

Todxs la hemos sentido, en alguna de sus formas. Un escalofrío subiendo por la espalda; el calor invadiendo y tiñendo de rojo nuestras mejillas; las rodillas temblando e incapaces de sostener el peso del cuerpo; todo esto sumado a un incontenible deseo de querer desaparecer de la faz de la tierra y borrar todo rastro y registro de nuestra existencia. 
La vergüenza es una sensación desagradable, relacionada con el “deshonor  y humillación, propia o ajena; o el encogimiento  para ejecutar algo”  que implica una respuesta de índole moral (así lo explica la RAE y le vamos a tratar de creer un poco).  Esto quiere decir que es una emoción exclusivamente ligada a la relación que tenemos con los códigos sociales. 

Mejor andar una vez rojo que siempre amarillo.
El temor a la reprobación, en una sociedad que fomenta las inseguridades para generar individuos temerosos y poco convencidos de sí mismos, se hace patente en cada uno de nuestros espacios: desde exigir respetar la fila haciendo trámites, hasta intervenir en una asamblea. Es cuestión de preguntar a nuestros compañerxs ¿Cuántas veces has empezado los gritos en una marcha? O más simple: ¿Cuántas veces has querido aportar en una clase y te has quedado en silencio, por miedo a meter la pata?
Nuestras compañeras no se visten como les gustaría por vergüenza, nuestros amigos sienten vergüenza de expresar abiertamente sus emociones, nuestros padres sienten vergüenza ante las visitas porque ocurre algo tan cotidiano como que nuestro hermano menor eructe en la mesa. Sentimos vergüenza porque tenemos miedo a equivocarnos, a romper con lo establecido, a parecer un delirante o un patético. Tenemos vergüenza de lo que somos porque vivimos con culpa, porque sentimos que no somos lo suficientemente buenos,  porque somos ignorantes de ciertos temas, porque nos dijeron que estábamos haciendo mal algo que creíamos dominar.
Montones de psiquiatras, psicólogos y sociólogos han caracterizado a la cultura occidental contemporánea como la “Cultura de la vergüenza”. Después de las derrotas del movimiento obrero en la segunda mitad del siglo XX y la restauración capitalista, el temor a estar “haciendo lo incorrecto” impactó de manera profunda los valores y sistemas de relaciones sociales, y fue de manera especialmente violenta en esta franja del globo terráqueo llamada Chile, donde se impuso el miedo y la vergüenza a ser diferente a punta de fusil.
La pera que se vaya para afuera: quien no se arriesga no cruza el río.
Y es que es complicado. Chile heredó de la dictadura, no solamente un sistema horriblemente injusto y a medida de los empresarios, sino también una moral profundamente reaccionaria, que terminó por reprimir la vida completa. Pasa por cuestiones tan banales como vestirnos o expresarnos de manera original, hasta la actividad académica y política. Pese a la masividad con la que ha avanzado internet en la última década y su fenómeno de exacerbación de la individualidad –que por supuesto es expresión de la ideología neoliberal de la “sociedad de individuos”-, seguimos teniendo ese germen judeo-cristiano culpógeno que nos limita de hacer y decir cuánto nos venga en gana. Y ojo, que no se trata de realizar un festín del “YO”, sino por el contrario, apelar a superar aquellas trabas que históricamente se le ha impuesto al desarrollo íntegro de nuestras capacidades y potencialidades.
Esta generación, que perdió en parte el miedo al “qué dirán”, mantiene aún limitantes claves en este sentido. En las instancias de organización estudiantil es quizás uno de los espacios más ilustrativos de esta cuestión. En las asambleas siempre tenemos un sector de compañerxs que si bien votan las políticas más progresivas, a la hora de la discusión “no tienen nada que aportar”. Nos vamos a detener en esta cuestión porque es de suma importancia. Las discusiones en espacios públicos, de forma abierta y frontal, enriquecen nuestra organización y aquí todos los puntos de vista son sumamente necesarios de confrontar, disputar y analizar.
Si nosotros no sacamos nuestra voz, nadie lo hará por nosotros. No existen superhéroes en la lucha de clases. Se trata de personas de carne y hueso, con defectos y virtudes, capaces de enarbolar ideas que efectivamente pasen a la acción y proyecten avances, tanto para el movimiento estudiantil como para la clase obrera en su conjunto.  La votación a mano alzada grafica el perder el miedo a tener una postura disidente. De esta forma podemos saber qué pensamos, como grupo, en lugar de esconderlo en urnas. Donde las voces disidentes tengan el espacio de expresar su diferencia.  La democracia directa tiene esa “gracia”: La elección de cuerpos de delegados mandatados desde las bases y revocables, hace posible una experiencia rica donde todxs podemos apostar a dirigir nuestros espacios y a que en estos se plasme de manera efectiva la pluralidad de posiciones y organizaciones políticas. Porque no se trata solamente de opinar, sino de llevar a cabo nuestras ideas, y para ello la vergüenza es sencillamente un obstáculo inútil, considerando los obstáculos objetivos que ya tenemos. Pasar a la ofensiva implica despojarnos de estos temores, y tomar en nuestras manos el curso de la historia, con decisión y desvergonzadamente.
Somos unxs sinvergüenzas
No debemos sentir vergüenza de lo que somos, de nuestros sueños y aspiraciones. Conformar una moral propia, revolucionaria, requiere -teniendo en cuenta las limitaciones materiales de la realidad- sepultar aquellas imposiciones de la moral burguesa. Porque ellxs, la burguesía, no sienten vergüenza de lo que son. De proyectar sobre la sociedad de conjunto sus proyectos, ideales y formas de relación, tanto productivas como sociales. Nos quieren calladxs, avergonzados y sumisos. Pero si somos capaces de ver las contradicciones, debemos estar dispuestos a asumir el desafío.           


La vergüenza que sentimos aquellxs quienes nos adjudicamos el ser revolucionarixs, como diría Marx, se trata de “desengañar el orgullo autocomplaciente”, de ser infinitamente críticos en nuestras propias prácticas para recuperar el orgullo.  Sintamos vergüenza de vivir en este sistema sin gastar toda nuestra energía en destruirlo.  Sintamos vergüenza de Chile, de la explotación, de la miseria, del conformismo, del machismo, del arribismo, de la apatía. Pero dejemos de sentir vergüenza de nosotrxs, de nuestrxs compañerxs, de nuestra lucha, de creernos efectivamente agentes de cambio concreto. De impulsar instancias que potencien la auto-organización y entreguen experiencia a los obreros y estudiantes para poder vencer. Si no lo hacemos, bueno; ahí es cuando deberemos sentirnos avergonzados: por ver este monstruo y no querer decapitarlo. 

martes, 16 de septiembre de 2014

Un septiembre en convulsiones, Luchín cumple sus 46 años y aún las vacas gordas están bien flacas.

Colaboración de Paloma Araya

“No es la conciencia de los hombres la que determina la realidad, la realidad es la que determina su conciencia”
 Karl Marx, Contribución a la crítica de la economía política.

Con la palabra antiterrorista vuelve el Estado de Sitio desde los subterráneos del metro y se instala en las calles con los anuncios de artefactos y dispositivos de bomba en la ciudad de Santiago, la violencia individual se contrapola a las de masas, así como en Aysén, en Freirina y en la lucha de los Portuarios los milicos de la dictadura son invocados con un decreto de fuerza de ley aún vigente, mientras que hoy sale de su escondite la Agencia Nacional de Investigación (ANI) y se sienta con Bachelet a ver el matinal, los horarios estelares y el prime. ¿Será a propósito para controlar y pasivizar a los movimientos sociales que emergieron durante este último periodo? ¿Será esta expresión “el pago de Chile”, un pago que las direcciones de los movimientos sociales y sindicales nos hicieron llegar a la fuerza y que aún estamos endeudados pagando mes a mes el precio de la consolidación del mercado neoliberal?
A 41 años del Golpe militar Anti-obrero la vuelta a una democracia para la burguesía sin duda  ha sido un triunfo: la naturalización de la vulneración de los derechos de los trabajadores y sindicatos con las prácticas antisindicales de los empresarios se escucha en todos los paraderos de micro, el aumento de empresas externas y el subcontrato se hace ley bajo el alero de las dirigencias que durante años anteriores fueron íconos contra el tirano, la implantación de las AFP´s y los rayados en las murallas dan cuenta de eso, el fortalecimiento a las FFAA en desmedro de lxs trabajadorxs de la educación con la deuda histórica y la expresión de un nuevo movimiento: el 50/50, el Terrorismo de Estado frente al Pueblo Mapuche y  las organizaciones políticas de izquierda, el aumento y el crecimiento exponencial de empresas multinacionales y transnacionales dan la sensación como si fuera un parásito dentro de nuestros cuerpos expuestos a una herida abierta que vocifera desde sus entrañas una lucha de clases.

El bandido chiquitito creció
Hace tres meses Luchín cumplió 46 años a propósito de estos 41  años del Golpe Militar Anti-Obrero. Luchín fue un niño que vivió la transición de los años 90 con los pies embarrados y que ahora es parte de la restauración  del poder burgués después del Golpe Militar donde los partidos de la DC y el PS lideraron y consolidaron para sí una nueva etapa: Preservar el Régimen de la Dictadura para los empresarios. Ahora Luchín no anda “a patitas peladas”, usa zapatos de goma  provenientes del extranjero que llegan con dolores y muertes de manos sin patria a precio de bodega. Este chico alegre y de cara embarrada agitaba las banderitas del NO a sus 24 años. Creía en la falsa promesa; que el socialismo tricolor llegaría pronto si nos portábamos bien con el dueño del almacén (que después se convirtió en el dueño de dos sucursales más de abarrotes y a la larga el dueño de una cadena de mayoristas), donde también creía que el socialismo  sin duda alguna llegaría dentro de muchos años y que no era el momento aún de que los trabajadores tomaran el poder dentro de las fábricas, que no, que esto faltaba mucho, que los cordones industriales no era lo importante y que había que seguir con el sueño del Presidente. Para Victor, Luchín tenía que crecer y ser dirigente de una fábrica pero las fábricas se cerraron y no todxs lxs obreros volvieron a sus casas, de los que no volvieron resistieron con las pocas armas que quedaron antes de ser confiscadas. Ahora ganaba el NO y Luchín sobrevivió a las metrallas, a los fondeos, a los estados de sitio, a los libros quemados y a la censura, se cambió de casa dentro de su misma comuna ahora llamada Pudahuel, ahora Luchín pudo consolidarse siendo un dirigente social denunciando la droga con actividades en la población pero en la pegas pasa “piola” o es amigo del supervisor. Quizás hoy Luchín sea parte del Gobierno de la Nueva Mayoría, quizás no esté ni ahí por el escepticismo y miedo que generó esta “vuelta” a una democracia burguesa o quizás esté criticando y apostando en construir una organización contra los dirigentes “amarillos” y a los vendidos que Luchín había visto y conocido en tiempos de campaña. Luchín que antes jugaba en la carretera con los perros luchos hoy es parte de lo que la herencia de la dictadura nos dejó, donde a sus 46 años vuelve a ver miles de millones en las calles , con estudiantes y trabajadores organizándose conspirando contra los empresarios de la educación, la patronal y la burocracia dentro de los mismos organismos. Donde día a día no solo explota una bomba sino familias completas que explotan con hambre y enfermedad frente a este sistema en cómodas cuotas para el empresario.

Los traidores de la clase trabajadora y el pueblo pobre.
Mientras el tricolor envuelve el comercio y las oficinas de los gerentes y de los RRHH, los jefes despiden a sus trabajadores a días de este “feriado irrenunciable” como es el caso del restaurante “Las vacas Gordas” donde en plena huelga lxs trabajadores son despedidos por su patrón al exigir aumento de sueldo y cumplimiento de sus derechos laborales. Y es que solo hay vacas gordas para el patrón, para la clase trabajadora en Chile solo hay vacas flacas: El precio de la bencina, la luz y  el agua subieron, buscar arriendo hoy es como si fuera postular a una nueva casa, las verduras subieron en este último tiempo y en Santiago el transantiago vuelve subir llegando a los $710. Si queremos hablar de lo típico, lo típico de estas fechas en donde la mitad de lxs trabajadores hoy reciben el bono de las fiestas mientras que la mitad de los honorarios aún espera la vuelta de vacaciones del jefe en el extranjero, quien se fue con el resto del sueldo de sus trabajadores del mes anterior.
Este 4 de septiembre alrededor de 6000 trabajadores salieron a  la calle a pesar que la CUT con la Figura de Bárbara Figueroa no movió ni un dedo hacia una paralización general, ese día se vio una base de lxs trabajadores que paralizaron la producción desde una riqueza que ve solo el sol subterráneo es por un detenida mientras que las mineras son visitadas por los pacos. El PC, que mantiene una conducción y dirigencia en la CUT ese día y como muchos más no se la jugó para enfrentar al empresario que a explosivos y terror quiere frenar y modificar a toda costa la reforma laboral que se anuncia con bombos y platillos desde el gabinete, lo es también con la reforma educacional y también lo fue con la tributaria. ¿Y esto por qué? Porque una triple alianza; la Iglesia cuestionada por lxs estudiantes frente a los colegios particulares subvencionados se la juega de que miles de mujeres mueran aún por abortos clandestinos, la Derecha que a toda costa quiere frenar las reformas e instalar la lay antiterrorista en el sur y los empresarios que alarmados por la emergencia de huelgas amenazan con detener aún más la economía del país genera una división de aguas en el mar de la política nacional. Mientras que las dirigencias de la CUT han pactado y sentado con los empresarios y sus organismos como la CTC, donde el PC desde el 2011 se negaba rotundamente luchar por una educación gratuita con la fuerza de lxs trabajadores ya que su diplomacia con los que pactaron el golpe (DC) venía a ser una coalición en defensa de un reformismo senil y bastante desgastado como lo es hoy esta Nueva Mayoría que gobierna para una minoría: la burguesía.

Hace falta una alternativa obrera y de combate: Por la autoorganización de la clase trabajadora

Mientras que los “sindicalistas” se negaron a marchar el 4 de septiembre, porque quien llamaba a marchar eran las dirigencias de la CUT, tampoco éstos se la jugaron a convocar y a romper con la burocracia sindical y convencer a la base de lxs trabajadorxs por un nuevo organismo de lucha. Tampoco fueron autodenominados hijxs de obrerxs donde la conciencia de clase solo está en el papel de un panfleto que se moja en las marchas con el chorro del guanaco. Si, falta aún una alternativa que no eche polvo sobre sus ojos, que sea obrera, de base y que en conjunto con otros sectores sociales se apoye contra toda clase de variante patronal. Porque la autoorganización corresponde a la democracia directa y una experiencia de los métodos de la lucha de clases. Porque este 4 de septiembre una juventud trabajadora y un sector de estudiantes secundarios expresaron su rabia en las calles de Santiago. Porque los obreros no tienen patria, no hay nada ya que celebrar en estas fiestas austeras con gusto a descontento. Porque septiembre pasa desapercibido cuando se levanta una juventud sin miedo para transformarlo todo.

domingo, 14 de septiembre de 2014

REFLEXIONES DE UN SEPTIEMBRE EXPLOSIVO

RESPECTO A NATURALIZAR LA MISERIA 

El verdadero puñete al “Guatón Loyola”

Septiembre con su escandaloso circo blanco-azul-y-rojo, la compra esquizofrénica de carne y la imposición de una celebración que, antes como tragedia y hoy como comedia, inunda el espíritu del “pueblo” festejando símbolos de la burguesía y sus conquistas. A ahogar en vino, chicha y terremoto el tedio de lo cotidiano, aprovechando la clase obrera ese espacio cedido para estar con los amigos y la familia: Sabemos cuán difícil es y lo necesario que es.  Sin embargo, aprovecharlo no implica quedarse sin cuestionar sus bases ideológicas y la utilidad que otorga esta fecha nuestros enemigos naturales, los capitalistas, para disolver todo movimiento en gestación y ganar tiempo antes de meter otro golazo.

En nuestras facultades y liceos ocurre algo similar. Las vacaciones son el comodín perfecto para cerrar nuestros lugares de organización, precisamente estos días donde una vez más, las dirigencias del Confech, sin preguntarle a nadie, deciden armar un “nuevo tipo” de mesa de negociación: sentaditos cara a cara con Bachelet. Funcionando como una sal efervescente, cualquier movilización parida en un segundo semestre corre grandes probabilidades de fallecer antes de tiempo, al ritmo de una cueca triste y borracha. 

“Capucha, calor, un guanaco por favor”.

No obstante,  septiembre tiene su as bajo la manga: la conmemoración del golpe militar anti-obrero viene a sacudir un poco el aletargado leviatán revolucionario y a inyectarle su memoria en un intento desesperado por enrostrar las lecciones del pasado. Pero no es suficiente.
Año a año, salen los capuchas a recordarnos “que septiembre es negro”, las federaciones realizan actos conmemorativos y todo queda en un silencio solemne que, más allá de incomodar, no cambia nada. Las “piedras conscientes” terminan solo por satisfacer caprichos individuales de iluminados, olvidando nuestra tarea como juventud: ir a los sindicatos, buscar la unidad efectiva con los trabajadores.

Los cordones industriales figuran como laminita de colección de los afanados de la historia y no como una lección histórica para el proletariado chileno, tradición que dicho sea de paso, nosotros tomamos y hacemos propia. Fuimos –y seguimos siendo- miles los que hemos salido a las calles a protestar, demandar y exigir; los que sufrimos en carne propia la represión en cada manifestación; los que al calor de la lucha fuimos descubriendo nuevas y potentes reivindicaciones; los que corrimos no de los pacos, sino a los libros, a buscar respuestas que la misma barricada -en unidad con los trabajadores- develaba sutilmente. 
Nosotros, los que nos aferramos al temblor y no queremos dejarlo ir.

Arroja la bomba.

Las discusiones explosivas entran al baile. Aparecen en portadas de los medios burgueses. Los Edwards-Copesa, escandalizados, tratan de criminalizar toda protesta e igualar los métodos a los fines. A hiperventilar una endiceochada clase trabajadora, a punta de miedo y bomba 4. A meterse en nuestros lugares de estudio a sapear y “denunciar el terrorismo”, sometiendo al movimiento estudiantil a un costoso juicio donde el único culpable es el juez. Arrojando una bomba con un poder tal, que ya se desearía cualquiera: la bomba de la naturalización de la miseria. 

Que todo se detenga no es casualidad. Este año se ha caracterizado por ser como un río de caca, lento y podrido. Las dirigencias de la Confech con su confianza en la mami de Chile. La derecha ganando espacio y paseándose en La Moneda como Pedro por su casa. La Nueva Mayoría conteniendo lo incontenible. Y entremedio de todo, la base universitaria mira con pasmo las subidas y bajadas de un Confech que, miope, es incapaz de mirar a la base. Reina una especie de tranquilidad la entrada de los pacos en cada salida de los capuchas. Las detenciones “azarosas” en las marchas, los montajes, forman parte del escenario actual y  no hay una fuerza real, concreta, que ponga el grito en el cielo y tome cartas en el asunto.

Es que nos parece normal que vuelen no sólo los cabros en los pastos de la U, sino las lacrimógenas sobre nuestras cabezas. ¿Nos parece normal? Espero –y quizás sea inocente de mi parte no esperar otra cosa- que no. Que nos indigne y nos arda el culo como si tuviéramos una bomba justo allí. Como si el golpe que vimos nos hubiera llegado a nosotros. Como si los caídos en dictadura y en esta democracia burguesa fueran nuestro compañero de trabajo, de estudio; nuestro mejor amigo, nuestro hermano, nuestro vecino. Como si cada uno de los fueguitos que se levantan en estas fechas encendiera algo dentro de nosotros, porque más allá de eso, no destruirán nada. 

Los trabajadores dando cara ¿y nosotros, qué?

El día 4 de septiembre, y contra todo pronóstico, el paro de la burocratizada CUT convoca más de 6000 trabajadores en las calles. Sindicatos de base, mucha juventud trabajadora, copando una calzada de la Alameda e interpelando a Bárbara Figueroa (PC) entre empujones con la CONSTRAMET. Pura "casualidad". Este año los trabajadores han demostrado principalmente, fuerza. Las minas paralizan a lo largo de Chile, cortes de ruta y bloqueos fueron la tónica, contra los despidos, contra las leyes de la dictadura que dejo ese Septiembre hace 41 años. No podemos seguir confiando en que Capitana Bachelé y su tripulación sean el garante del barco que se mueve en el mar de la desaceleración, si la primera orden significa tirar trabajadores por la borda. 

Además de esto, muchos secundarios salieron a esta misma marcha, con lienzos de unidad con los trabajadores y rechazando la reforma educativa y laboral. La tienen más clara que los universitarios, al parecer. La juventud sin miedo está ahí, y tiene que estar ahí. Algunos, escépticos, se abstuvieron de marchar y perdieron la oportunidad de plantear política frente a los trabajadores de base de la –todavía, le duela a quien le duela- central sindical más importante de este pedazo de tierra mal llamado Chile. Otros, rechazaron directamente la marcha; pareciera que el polvo sobre sus ojos les impide mirar más allá de las apariencias. Cobardes y canallas los que deciden darle la espalda a los trabajadores en este momento, tapando el sol con un dedo, pretenden igualar a los trabajadores con la burocracia sindical.

La cuenta suma y sigue: mientras nos quedamos esperando “que algo pase”, que llegue el Mesías y nos saque de la pasividad,  los secundarios y los trabajadores nos muestran cómo hay que hacer las cosas: hay que dejar el rodeo atrás y pasar a la ofensiva.

Buscar la respuesta en el fondo del asunto y no en el fondo del vaso.

Huasos Quincheros, Quilapayún. Conmemoraciones del Golpe y festejos del mismo.  Chile es un país extraño. Ultra polarizado, la derecha y los empresarios logran implantar su chip de basura. Pero hay algo con lo que no cuentan, y es que su chip viene con un error de fábrica elemental: la explotación. 
Los estudiantes y los trabajadores estaremos descansando, sí, es cierto. Pero las empanadas de pino y el pipeño, los montajes ridículos y la represión,  no lograrán dormir al gigante que estamos gestando. Es nuestra tarea el tomar en nuestras manos el curso de lo que nos queda de segundo semestre y disponernos a la lucha. 
La venganza individual no nos complace, no se hace suficiente. La juventud sin miedo y los trabajadores debemos levantarnos contra la herencia de Pinochet, contra su educación y su código del trabajo, por recuperar los sindicatos y nuestras federaciones para la lucha.

Salud.