jueves, 23 de octubre de 2014

y a usted ¿qué le da vergüenza?

Los problemas de vivir en una sociedad cartucha y la respuesta de las y los revolucionarios.

Todxs la hemos sentido, en alguna de sus formas. Un escalofrío subiendo por la espalda; el calor invadiendo y tiñendo de rojo nuestras mejillas; las rodillas temblando e incapaces de sostener el peso del cuerpo; todo esto sumado a un incontenible deseo de querer desaparecer de la faz de la tierra y borrar todo rastro y registro de nuestra existencia. 
La vergüenza es una sensación desagradable, relacionada con el “deshonor  y humillación, propia o ajena; o el encogimiento  para ejecutar algo”  que implica una respuesta de índole moral (así lo explica la RAE y le vamos a tratar de creer un poco).  Esto quiere decir que es una emoción exclusivamente ligada a la relación que tenemos con los códigos sociales. 

Mejor andar una vez rojo que siempre amarillo.
El temor a la reprobación, en una sociedad que fomenta las inseguridades para generar individuos temerosos y poco convencidos de sí mismos, se hace patente en cada uno de nuestros espacios: desde exigir respetar la fila haciendo trámites, hasta intervenir en una asamblea. Es cuestión de preguntar a nuestros compañerxs ¿Cuántas veces has empezado los gritos en una marcha? O más simple: ¿Cuántas veces has querido aportar en una clase y te has quedado en silencio, por miedo a meter la pata?
Nuestras compañeras no se visten como les gustaría por vergüenza, nuestros amigos sienten vergüenza de expresar abiertamente sus emociones, nuestros padres sienten vergüenza ante las visitas porque ocurre algo tan cotidiano como que nuestro hermano menor eructe en la mesa. Sentimos vergüenza porque tenemos miedo a equivocarnos, a romper con lo establecido, a parecer un delirante o un patético. Tenemos vergüenza de lo que somos porque vivimos con culpa, porque sentimos que no somos lo suficientemente buenos,  porque somos ignorantes de ciertos temas, porque nos dijeron que estábamos haciendo mal algo que creíamos dominar.
Montones de psiquiatras, psicólogos y sociólogos han caracterizado a la cultura occidental contemporánea como la “Cultura de la vergüenza”. Después de las derrotas del movimiento obrero en la segunda mitad del siglo XX y la restauración capitalista, el temor a estar “haciendo lo incorrecto” impactó de manera profunda los valores y sistemas de relaciones sociales, y fue de manera especialmente violenta en esta franja del globo terráqueo llamada Chile, donde se impuso el miedo y la vergüenza a ser diferente a punta de fusil.
La pera que se vaya para afuera: quien no se arriesga no cruza el río.
Y es que es complicado. Chile heredó de la dictadura, no solamente un sistema horriblemente injusto y a medida de los empresarios, sino también una moral profundamente reaccionaria, que terminó por reprimir la vida completa. Pasa por cuestiones tan banales como vestirnos o expresarnos de manera original, hasta la actividad académica y política. Pese a la masividad con la que ha avanzado internet en la última década y su fenómeno de exacerbación de la individualidad –que por supuesto es expresión de la ideología neoliberal de la “sociedad de individuos”-, seguimos teniendo ese germen judeo-cristiano culpógeno que nos limita de hacer y decir cuánto nos venga en gana. Y ojo, que no se trata de realizar un festín del “YO”, sino por el contrario, apelar a superar aquellas trabas que históricamente se le ha impuesto al desarrollo íntegro de nuestras capacidades y potencialidades.
Esta generación, que perdió en parte el miedo al “qué dirán”, mantiene aún limitantes claves en este sentido. En las instancias de organización estudiantil es quizás uno de los espacios más ilustrativos de esta cuestión. En las asambleas siempre tenemos un sector de compañerxs que si bien votan las políticas más progresivas, a la hora de la discusión “no tienen nada que aportar”. Nos vamos a detener en esta cuestión porque es de suma importancia. Las discusiones en espacios públicos, de forma abierta y frontal, enriquecen nuestra organización y aquí todos los puntos de vista son sumamente necesarios de confrontar, disputar y analizar.
Si nosotros no sacamos nuestra voz, nadie lo hará por nosotros. No existen superhéroes en la lucha de clases. Se trata de personas de carne y hueso, con defectos y virtudes, capaces de enarbolar ideas que efectivamente pasen a la acción y proyecten avances, tanto para el movimiento estudiantil como para la clase obrera en su conjunto.  La votación a mano alzada grafica el perder el miedo a tener una postura disidente. De esta forma podemos saber qué pensamos, como grupo, en lugar de esconderlo en urnas. Donde las voces disidentes tengan el espacio de expresar su diferencia.  La democracia directa tiene esa “gracia”: La elección de cuerpos de delegados mandatados desde las bases y revocables, hace posible una experiencia rica donde todxs podemos apostar a dirigir nuestros espacios y a que en estos se plasme de manera efectiva la pluralidad de posiciones y organizaciones políticas. Porque no se trata solamente de opinar, sino de llevar a cabo nuestras ideas, y para ello la vergüenza es sencillamente un obstáculo inútil, considerando los obstáculos objetivos que ya tenemos. Pasar a la ofensiva implica despojarnos de estos temores, y tomar en nuestras manos el curso de la historia, con decisión y desvergonzadamente.
Somos unxs sinvergüenzas
No debemos sentir vergüenza de lo que somos, de nuestros sueños y aspiraciones. Conformar una moral propia, revolucionaria, requiere -teniendo en cuenta las limitaciones materiales de la realidad- sepultar aquellas imposiciones de la moral burguesa. Porque ellxs, la burguesía, no sienten vergüenza de lo que son. De proyectar sobre la sociedad de conjunto sus proyectos, ideales y formas de relación, tanto productivas como sociales. Nos quieren calladxs, avergonzados y sumisos. Pero si somos capaces de ver las contradicciones, debemos estar dispuestos a asumir el desafío.           


La vergüenza que sentimos aquellxs quienes nos adjudicamos el ser revolucionarixs, como diría Marx, se trata de “desengañar el orgullo autocomplaciente”, de ser infinitamente críticos en nuestras propias prácticas para recuperar el orgullo.  Sintamos vergüenza de vivir en este sistema sin gastar toda nuestra energía en destruirlo.  Sintamos vergüenza de Chile, de la explotación, de la miseria, del conformismo, del machismo, del arribismo, de la apatía. Pero dejemos de sentir vergüenza de nosotrxs, de nuestrxs compañerxs, de nuestra lucha, de creernos efectivamente agentes de cambio concreto. De impulsar instancias que potencien la auto-organización y entreguen experiencia a los obreros y estudiantes para poder vencer. Si no lo hacemos, bueno; ahí es cuando deberemos sentirnos avergonzados: por ver este monstruo y no querer decapitarlo. 

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